Decía muy sabiamente un padre de familia, que cada hijo hace su entrada en el mundo con unas posibilidades; es decir, con un “haber”. Trae una vida, unas cualidades innatas biológicas y espirituales: cualidades que podrá desarrollar a lo largo de su existencia si cuenta con el auxilio de unos buenos padres.
Es una realidad cómo el niño no puede desarrollarse solo; para llegar a su plenitud, desde que nace precisa de ayuda. En esta noble tarea de ayudar al hombre y a la mujer a desarrollarse se encuentran los padres y las madres ocupando el primer lugar, y este puesto no lo pueden pasar a otra persona alegando falta de tiempo, falta de preparación y otros motivos, que a veces esconden un fondo de comodidad y esa tendencia tan egoísta de querer siempre transferir nuestras obligaciones y responsabilidades.
En la Declaración Gravissimus Educationis del Concilio Vaticano II se lee: Los padres, que han dado la vida a los hijos tienen la gravísima obligación de educar a la prole y por eso se han de considerar sus primeros y principales educadores. El deber de dar educación, que corresponde en primer lugar a la familia, necesita la ayuda de toda la sociedad.
Interesarse por los hijos
Como punto de partida para esta tarea, lo primero que los padres de familia han de hacer es interesarse por los hijos. La experiencia nos demuestra que para interesarnos en los demás es necesario que dejemos de pensar un poco en nosotros mismos y nos ocupemos más de los otros. En este caso, se trata de interesarnos más de esas criaturas confiadas a nuestro cuidado por Dios, para ayudarles a que se desarrollen y perfeccionen en los diversos aspectos –materiales y espirituales, individuales y sociales– de un ser, para que sepan dirigirse a su propio fin y, así puedan adquirir una personalidad propia y segura.
Interesarse por los hijos implica poner atención.
No es un simple quedarse en la superficie, sino que lleva a un conocimiento profundo de las capacidades del niño, sus posibilidades, sus limitaciones, de lo que puede o no puede hacer, para así trazar un plan de formación con cada uno. La sabiduría popular nos afirma que no se puede querer aquello que no se conoce; así podremos querer más aquello que conozcamos mejor y desarrollar más aquello que conozcamos mejor.
En ese conocimiento habrá cualidades que nos agraden, y otras que no querríamos que tuvieran. A veces les pedimos una perfección que ni nosotros mismos somos capaces de realizar. Hemos de ser sinceros y reconocer que los hijos son como son, y no como nosotros quisiéramos que fueran; tenemos que aceptarlos con esa manera de ser, y desarrollar todas sus potencialidades y ayudarles a fortalecer sus debilidades. Está demostrado –como un factor influyente en la inadaptación de los hijos– la creencia que éstos pueden tener de que sus padres no los aceptan como son.
Hogar es mucho más que una realidad física
Así que el hogar ha de ser la primera escuela. La palabra hogar no se limita a unas paredes, un techo, un proveer las cosas necesarias. Hogar es mucho más que una realidad física. El hogar es donde la familia se reúne, cambia impresiones; es el lugar donde los padres y los hijos descansan, comparten. Ese lugar debe ser el lugar “luminoso y alegre” donde se proyecta con ilusión el porvenir de los hijos, donde se fraguan –día a día, minuto a minuto– esos lazos de amor que unen a la familia.
El “fuego” de los romanos y griegos
Cuentan cómo en las casas de los griegos y de los romanos había un altar en el cual tenían siempre fuego. El jefe de la casa tenía la obligación sagrada de conservar ese fuego día y noche, y sólo dejaba de brillar cuando la familia se extinguía..
Hoy, ese fuego material lo debemos sustituir en nuestros hogares por el amor que une a la familia, por la dedicación de los padres para conservarlo siempre vivo sin que se apague. Y, padres de familia, no es tanto la cantidad de tiempo que dediquemos al hogar, como la calidad de tiempo. Si estamos en el hogar, estemos, atendamos a nuestros hijos, creando ese ambiente que supone renuncia y sacrificio, más olvido de nuestros egoísmos para proporcionar a los hijos, no sólo su bienestar físico sino sobretodo su bienestar espiritual, ayudándoles a recibir esas primeras impresiones de la vida, dándoles esas primeras motivaciones educativas, otorgándoles los mejores afectos, donde puedan compartir sus alegrías y preocupaciones, donde encuentren siempre un padre y una madre que les quiere, que les ayuda, que les escucha y que les enseña –sobre todo y fundamentalmente– con la lección de su vida, de su ejemplo.
Artículo extractado del Libro Para Educar Mejor a los Hijos. Autora: Regina Fuentes - Panamá
Esta información es perfecta. Me gustaría más orientación sobre el tema, soy docente y deseo planificar y ejecutar un taller para padres de familia sobre este aspecto
me encanta recibir su informacion,siempre tenemos algo que aprender para compartirlo con nuestros hijos. gracias!!!
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ASI ES, CONOCERLOS; PERO PARA QUE LOGREMOS QUE SE DESARROLLEN Y PERFECCIONEN SUS PERSONAS, LOS PADRES NO SOLO DEBEMOS CONOCERLOS SINO TAMBIEN CAPACITARNOS CADA DIA MAS PUES NUESTROS HIJOS SE ACTUALIZAN EN CONOCIMIENTOS Y TECNOLOGIAS QUE SI NO COMPRENDEMOS Y DOMINAMOS LOS PADRES, NOS CONVERTIREMOS EN EDUCADORES OBSOLETOS. EL ECHO DE SEGUIRNOS CAPACITANDO PARA AYUDAR A NUESTROS HIJOS SERÁ EL MEJOR EJEMPLO A SEGUIR.
ESTUPENDO, NO ES EL TIEMPO QUE ESTEMOS EN NUESTRO HOGAR EL QUE DETERMINA LA CALIDAD.