Un par de noticias que han circulado recientemente me han traído a la memoria aquella Película con Charlton Heston, en cuya última saga se aboga por una sociedad igualitaria donde simios y humanos tengan los mismos derechos.
Por un lado, en Austria se lleva a debate en la corte el deseo de que un chimpancé sea declarado persona, para que pueda tener un guardián legal al modo de un enfermo mental o menor que no puede defenderse por sí mismo, y por ende asegurar su protección en caso de que cierre el refugio donde se encuentra. Ante una primera negativa legal a dicha petición, el caso se ha llevado, mediante una apelación, a la Corte Europea de Derechos Humanos. Casi al mismo tiempo, hace un par de semanas, se aprueba en España una proposición de no ley que insta al gobierno a adherirse, en un plazo no mayor de cuatro meses, al Proyecto Gran Simio, el cual pretende “derribar la barrera de la especie” (como lo cita su página Web española) y exigir “que la comunidad de los iguales se haga extensiva a todos los grandes simios: los seres humanos, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes” (Declaración de los Grandes Simios).
En España entonces se harán reformas legislativas para que los grandes simios gocen de algunos de los derechos humanos: a la vida, a la libertad y a no ser maltratados ni física ni psicológicamente. Lo absurdo es ya una ley. En el fondo del asunto, quienes están detrás de estas acciones legales no están elevando a los animales a un orden moral superior, sino que se está degradando al ser humano en su dignidad ontológica, en su inapelable merecimiento de un respeto y consideración basal mucho más elevado que el de cualquier otra especie de la naturaleza. No está en duda el hecho de que la fauna deba ser cuidada y respetada, y de que son magníficos los rigurosos lineamientos establecidos para la experimentación en animales evitándoles dolor y sufrimientos innecesarios, pero es inadmisible que se altere el orden, valga la redundancia, natural de las cosas. Se nos acusa como especie, según Peter Singer en su libro Animal Liberation, de una forma de discriminación a los animales tipo racismo al que se ha denominado especieísmo.
Para más, no sólo se cuestiona que el ser humano tenga dicho privilegio (otorgado por el mismo Dios de quien somos viva imagen), sino que se ha disociado el ser persona del ser humano. Estas ideas, altamente promovidas por Peter Singer, rezan que quienes no demuestren autoconciencia y raciocinio no pueden considerarse personas. De ahí que los embriones o fetos humanos, o quienes no puedan manifestar, por alguna limitación mental o enfermedad que se lo impida, dichas cualidades, quedaría excluido de la categoría de ser persona. Por el contrario, según asegura Singer, un chimpancé que sí lo puede manifestar, entonces ese sí que es persona. Se pretende anular con esos argumentos el hecho de que el ser humano es indisoluble cuerpo y espíritu; por tanto un cuerpo humano existente, en plenitud, en desarrollo desde el momento de la concepción, o en cualquier otra circunstancia física o psicológica, es una persona que ya cuenta una historia propia llena de significado. Además, el hombre posee una libertad radical que le distingue de otras especies en la naturaleza, y le permite moderar tendencias, no estar sometido a instintos, estar libre de ciclos de fertilidad y otras manifestaciones de automatismo biológico a que están atadas las conductas animales.
A diferencia de los animales, desde su origen, el ser humano goza de una cuna sublime: la unión de un padre y una madre que en forma libre y en expresión de su amor mutuo se han donado corporalmente, y en cuyo acto ha surgido la nueva vida humana que así inicia su propia biografía. Aunque en algunas circunstancias o situaciones biológicas dicha libertad no sea posible manifestarla o demostrarla (un accidente, una enfermedad, una discapacidad o sencillamente el ser demasiado joven, como el embrión), es necesario recordar que la autoconciencia, la autonomía o el raciocinio, son cualidades de la persona, pero no son la persona.
Bueno sería que en este día, 11 de julio, Día Mundial de la Población, se recuerden los propios derechos humanos y se vigorice la lucha, para los de nuestra especie, por el derecho a la vida, a la libertad y a no ser maltratados ni física ni psicológicamente, en particular para los niños no nacidos que en estos momentos son víctimas de una masacre mundial.
Paradójicamente, en España, ahora líder en derechos para los grandes simios, se practican legalmente abortos a razón de 270 diarios, según estadísticas del 2006, cuando hubo un total de 98,500 muertes de niños no nacidos. Segurísimo que un primate in útero tendría las máximas garantías para nacer, mientras que a los propios hijos de la patria los tiran, literalmente, al basurero.