Dificultades del aprendizaje infantil: Ansiedad
Por Lilach Galor
En condiciones normales, el ser humano tiende a sentir ansiedad como una reacción ante situaciones desconocidas o de amenaza; por tanto es una forma de protegernos del peligro; sin embargo, al mismo tiempo funciona como motor para iniciar actividades, como el aprendizaje.
La ansiedad se convierte en un trastorno cuando se rebasan los límites del autocontrol de emociones intensas, malestar general, manifestaciones físicas, ataques de angustia, en fin, un sinnúmero de efectos colaterales que intensifican los niveles de ansiedad. Son diversos los factores que cusan dicha intensidad y pueden ir desde elementos fisiológicos hasta eventos traumáticos, como, en el caso de los niños, presenciar momentos de tensión entre los padres.
Como hemos visto, la ansiedad se encuentra vinculada al proceso de aprendizaje, dado que para que se genere un proceso significativo es necesario tener ciertos niveles de ansiedad. Así, si un niño viaja al extranjero y desea comunicarse en un idioma ajeno al suyo con otros niños, aumentará la ansiedad al sentirse frustrado por la falta de adiestramiento para hacerlo. De esta manera, es la ansiedad y los recursos para manejarla lo que determina la respuesta ante tal situación: si el niño no tolera la frustración puede reaccionar con enojo y desistir de comunicarse; o bien puede motivarse a aprender el idioma. Por lo tanto, sin ansiedad el niño no generaría estrategias para enfrentar los retos.
Lo anterior explica cómo la ansiedad, en niveles altos, puede afectar los procesos de aprendizaje, ya sea impidiéndolos o dificultándolos. Un niño con niveles excesivos de ansiedad puede tener problemas para comprender y seguir instrucciones, mantener centrada su atención por tiempo determinado y procesar, retener o memorizar la información y el conocimiento, entre otras cosas.
La ansiedad en un niño no siempre se detecta en el ambiente de casa, pues no representa un lugar donde se generen muchos objetivos de aprendizaje; por tanto, es en el ámbito escolar donde pueden encontrarse indicios de los niveles de ansiedad, al descubrir que no se logran los objetivos que corresponden al grado escolar en el que se encuentra el niño.
Tanto el niño como los padres reaccionan de maneras diversas ante tales situaciones; lamentablemente, como vimos en el ejemplo, los padres pueden no tener tolerancia ante determinada situación y “negar” que existe un problema en el proceso de aprendizaje de su hijo, y así, desafortunadamente, permitir que la ansiedad se convierta en un trastorno que afecte el desempeño académico de su hijo llevándolo a abandonar sus estudios, ya que es la forma más fácil de evitar situaciones de estrés. Por tal motivo deben buscarse con claridad los actores que impiden el aprendizaje de nuestros hijos y someterlos a una valoración que diagnostique si el problema que atañe al niño es cognitivo, emocional o de índole neurológico, de tal suerte que se apliquen estrategias que ayuden a nuestro hijo a superar se dificultad para aprender. Como en todo padecimiento físico o psicológico, cada individuo puede presentar diversas manifestaciones, no obstante, enumeramos aquí las más comunes:
· Dificultad para conciliar: Berrinches frecuentes.
· Manifestaciones somáticas o enfermedades recurrentes (dolor de cabeza o de estómago, dermatitis, caída de cabello, etc.)
· Timidez y hábitos rígidos en forma excesiva.
· Problemas para ir a la cama: Insistencia para dormir con los padres, pesadillas, alteración del sueño, miedos nocturnos.
· Mal humor, retaliación, miedos que lo inhabilitan a realizar cualquier actividad, llanto incontenible al separase de los padres.
· Negativa rotunda a ir a la escuela.
Las manifestaciones anteriores podrían ser “tropiezos” en el desarrollo de nuestros hijos, los cuales, al no ser atendidos pueden llegar a ser un problema permanente que transforme su personalidad y con el cual tendrá que luchas constantemente. Así, al detectar oportunamente los elementos que imposibilitan a nuestro hijo a tener un óptimo desarrollo, lo ayudaremos a vivir el aprendizaje como un proceso constante y dinámico, al tiempo que nos involucraremos más con el niño, al tiempo que lo enseñaremos a enfrentar la vida.
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