La tragedia de las rupturas familiares

Publicado por admin el 16/08/09

Nadie en su sano juicio puede estar a favor de las rupturas familiares. Querría decir que está a favor de un mal, y nadie puede estar a favor del mal. Sería como decir que se está a favor de la guerra, o de la tortura, o de la discriminación racial. Esas cosas existen, es cierto, pero a todos nos corresponde poner los medios que estén a nuestro alcance para evitarlos. En la medida en que una sociedad se va volviendo más civilizada va dejando atrás esos males, que corroen y destruyen sus fundamentos y traen sufrimiento a muchas personas.
En Familia Hoy estamos dando la batalla a favor de la unidad familiar. Consideramos que la unidad familiar es un bien inmenso, del que se derivan muchos beneficios para la sociedad. O puesto de otra forma: las rupturas familiares nunca engendran nada bueno. Detrás de toda ruptura familiar hay toda una reata de odios, rencores, amarguras… Y lo más triste del caso es que los más afectados suelen ser los más inocentes: los niños. Es inútil que cada progenitor intente volcarse en amor hacia su hijo. Está comprobado que lo que los hijos quieren, lo que más beneficio les produce, es que sus padres se amen.
No se trata de vivir juntos a toda costa. Sabemos que hay situaciones de violencia y de maltrato que justifican una separación. Pero nunca diremos que ese es un bien; será, en todo caso, un mal menor. Y la sociedad debe organizarse para fomentar el bien y la unidad, nunca para facilitar el mal. Por eso tiene sentido que el ordenamiento legal de una sociedad tienda a poner todos los medios para custodiar la unidad de las familias.
Enseña la filosofía clásica que un ente, en la medida en la que custodia su ser, custodia su unidad. La separación es la muerte; la unidad, la vida. Esto que pasa en los organismos vivientes, pasa en las empresas, en los ejércitos, en los equipos de fútbol…, y pasa en las familias. La diferencia entre las familias y otros tipos de agregados sociales es la finalidad: las sociedades comerciales se constituyen para producir beneficio económico; un equipo de fútbol, para entretener; un ejército, para defender a la nación. Y las familias se forman para transmitir la vida y educar a las futuras generaciones. Tiene sentido, por lo tanto, que las rupturas familiares son no sean un asunto para tomarse a la ligera; disolver una familia no es lo mismo que disolver un club de excursionistas.

Facilitar las rupturas familiares por medio de una legislación que ponga énfasis en los derechos de los cónyuges para elegir estado civil nunca será un signo de progreso. Si estamos de acuerdo en que las rupturas son un mal para la sociedad, no tiene sentido favorecerlas mediante la legislación. En lugar de ello, la legislación debería fomentar la formación moral de los futuros cónyuges, para que se comprenda que formar familias no es como formar equipos de fútbol. La responsabilidad que se adquiere es muy grande, y no se resuelve ningún problema con facilitar a los cónyuges que olviden sus compromisos.

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