Cuando Dios bendice con el dolor, 5/08/08

Publicado por admin el 8/12/08 en Dolor

Ante el espectáculo del sufrimiento propio o ajeno, es natural que surja la pregunta: ¿por qué el dolor? ¿Por qué hay familias pierden su patrimonio, o la vida de algunos de sus miembros, a consecuencia de desastres naturales? ¿Por qué el hijo de ese matrimonio nació con un defecto congénito que lo hace diferente a los demás? ¿Por qué aquel otro ha perdido su trabajo, con el que llevaba el sustento a su familia?... Se trata de casos en los que las víctimas son totalmente inocentes, y sin embargo, pareciera que Dios las ha castigado.

 

 

Quienes tenemos fe, sabemos que los caminos de Dios son inescrutables, pero que todo lo ordena al mayor bien de los que lo aman. Sólo Dios sabe por qué a algunos los bendice con la salud y a otros con la enfermedad; a unos con la abundancia y a otros con la escasez. Él sabe más, y de grandes males sabe sacar grandes bienes. ¿Cuántas personas no lo han descubierto precisamente por la vía de la abnegación y del sufrimiento? Muchas otros, en cambio, que lo tienen todo y que deberían, en justa ley, vivir agradecidos a su Creador, lo olvidan hasta el punto de asemejarse a los animales…

 

Los caminos de Dios son inescrutables, pero es indudable que el sufrimiento y la abnegación forman y enrecian el carácter. Una vida que reniegue del dolor no es el tipo de vida que queremos para nosotros y para nuestros hijos. Queremos tener la capacidad de afrontar el sufrimiento, porque no hay peor dolor que aquel que se deriva de saber que somos incapaces de sobrellevarlo con dignidad y aplomo. ¡Qué admiración, en cambio, la que sentimos por una madre que sabe llevar con dignidad la “carga” (dulce carga) de un hijo enfermo!

 

Es importante enseñar a los hijos el lugar que el sufrimiento ocupa en la vida de los hombres. Que sepan que las cosas buenas de la vida se consiguen, normalmente, con sacrificio. Que aprendan a dar sentido a sus sufrimientos (una mascota que muere, un dolor de muelas…), en lugar de huir de ellos. No se trata de enseñarles a ser unos estoicos que buscan ser indiferentes ante el dolor y los infortunios. Se trata, sencillamente, de enseñarles a ser personas normales que no se complacen en el dolor propio o ajeno, pero que tampoco se rompen ante su presencia. Fuertes: con la fortaleza del que se sabe hijo de Dios, que trabaja no para este mundo que pasa, sino para la eternidad.

 

En esta vida nada es como aparenta ser; el sufrimiento tiene la misión de recordarnos que aquí nada es para siempre, y que si sabemos creer, esperar y amar, ese sufrimiento presente dará frutos sabrosos para la eternidad.

 

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